Reseñas

‘Habría que elegir entre dejar de sufrir o dejar de amar’

‘Habría que elegir entre dejar de sufrir o dejar de amar’

Sobre Breve Relato Dominical
por Leopoldo Rueda*

Quienes nos dedicamos al estudio de las artes (y en mi caso, de la filosofía del arte) hay un problema que siempre se nos aparece cuando queremos abordar alguna obra: el problema de su traducción a un lenguaje que no es el que la obra usa. Marcel Proust y Walter Benjamin se ocupan de este problema con aguda perspicacia, y ambos comparten la idea de que una traducción nunca puede ser la comunicación de una esencia del texto. El primero aborda el problema incluyendo obras dentro de su novela, volviendo ficciones a las ficciones y descubriendo en ellas el sentido metafísico que toda obra revela: una verdad del mundo como voluntad inaprensible por otros medios que no sean los artísticos. El segundo, traductor del primero, da en la clave cuando sostiene que toda traducción trabaja no sobre la vida de una obra, sino sobre su supervivencia.
Retomando esa idea me propongo escribir sobre las supervivencias de Breve relato dominical, advirtiendo al lector: si quiere saber de qué va la obra, vaya a verla. No obstante, no se trata de cualquier supervivencia, sino de la supervivencia de determinadas imágenes: imágenes topológicas, imágenes parlantes e imágenes de lo ausente. Cuando la luz se apaga, cuando la obra muere, a uno le quedan ciertas supervivencias, a cada uno las suyas, pero la obra ha terminado ya. Y uno de los méritos de ella es justamente que termina cuando el argumento se acaba, cuando debe terminar, sin extensiones forzadas.
La obra indaga sobre los distintos planos del discurso, proponiendo una serie de figuras geométricas. De cada punto que constituye la figura se proyectan líneas, en tanto hablar es siempre un dirigirse hacia. Hablar es siempre una voz que sale, que es exorcizada de uno, aún cuando se tenga la mala suerte de escucharse. Y los personajes de la obra tienen mucho que decirse. Los distintos planos son presentados sin punto de fuga. Cada uno habla consigo mismo, pero, si como decía Benveniste todo yo -todo sujeto- requiere un tú, tampoco nadie sabe muy bien quién es uno mismo.
Los personajes se embarcan entonces en un viaje por el fluir de sus conciencias, sin encontrar un punto fijo sobre el cual asentarse, lo cual produce una triple esquizofrenia: la de un mundo que se aparece siempre arbitrario y mutable, cambiando su paisaje a cada instante. Un mundo por momentos placentero como nadar en el mar y por momentos asfixiantes como un sarcófago. Esquizofrenia también de los otros que pueden ser los monstruos más terribles y los amores más deseados, que cambian de rostro a cada instante. Y por última, la esquizofrenia propia, que no logra detener el hilo del discurso ni asentar ninguna certeza sobre el deseo.
En esta atmósfera de perpetuo fluir, lo onírico resuelve lo real, lo real confunde lo onírico, la cara boba del enamorado enternece al ser amado, y en el ritual del domingo siempre idéntico a sí mismo aparece la novedad. El francés debería aprender de su compatriota Proust que ‘habría que elegir entre dejar de sufrir o dejar de amar’.
Tenemos entonces el afuera y el adentro del hogar, el amor pasado y el futuro reencuentro conjugado con un presente del té con hierbas que nunca llega a tomarse, el amor persistente y el amor que se acaba, lo real y lo onírico entrecruzados, el kitsch puneño-nacional en la lengua extranjera, el goce sexual onírico y el goce pospuesto, el tiempo simultáneo hipotético en escenas continuas, un único diálogo, mediado por un teléfono. Todos planos que se entrecruzan dando apariencia de profundidad, esto es, dando apariencia de una tercera dimensión como de si no se tratara de planos sino de cuerpos con volumen.
Pero uno ve que, sobre la aparente consistencia de los cuerpos, el único lugar donde logran encontrarse, ponerse en el mismo plano, es en las sombras. El espectro revela una comunicación entre las almas, una comunicación sin rostro ni boca parlante, un lenguaje más allá de lo visible y audible, en fin, una escena de mimos. La sombras actúan una obra detrás de la obra, desmienten la ficción con otra ficción: donde parecen no hablar, aparecen hablando, donde el amor se acaba comparten lecho. El hilo del pensar que no calla muestra una sombra muda, y la cara boba nunca está.
Allí aparece el verdadero relato dominical: la sombra parece una errónea didascalia del texto de la obra, una didascalia que al fin la supera, la sobrevive, nos da la última imagen cuando ya no reconocemos los personajes, hasta que la luz se apaga y lo que queda es nada, nada, lo que se dice nada.

* Profesor de filosofía egresado de la UNLP. Se encuentra iniciando su investigación sobre teorías contemporáneas del arte, en particular sobre la teoría pragmatista.

admin

octubre 20th, 2016

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